Escuela de padres I. Sociedad, padres y pequeños tiranos.

Uno de los motivos de consulta más frecuente dentro de la psicología infantil y que no para de incrementar hasta niveles alarmantes es el caso de aquellos padres que acuden al profesional porque se ven incapaces de controlar a sus hijos, incluso a edades tan tempranas como los dos o tres años. Los padres se ven impotentes ante las explosiones de ira y llanto, las rabietas, insultos e incluso agresiones físicas que sus vástagos continuamente ejercen para salirse con la suya. Pequeños tiranos que se muestran oposicionistas por naturaleza, que ya manejan la manipulación y son capaces de detectar las debilidades de los padres para usarlas a su favor. La pregunta que debemos realizarnos es ¿por qué está pasando esto?

Una parte de la culpa, y no hay duda de ello, se encuentra en las pautas culturales y sociales de nuestro tiempo. No hace siquiera un siglo que la infancia conquistó su estatus de época privilegiada. Logró así reconocer el derecho de todo ser humano a ser protegido y cuidado durante la infancia para su correcto desarrollo, al menos en los llamados países del primer mundo. Hasta entonces el niño se consideraba un adulto “pequeñito” que podía hacer las mismas tareas que éste y por ello se les explotaba laboralmente tan pronto como eran capaces de trabajar.

El problema surge cuando este logro es manipulado por nuestra sociedad actual donde impera la imagen, la satisfacción inmediata y el logro sin esfuerzo. Nos bombardean desde los medios, a propósito, con el mensaje erróneo de que unos buenos padres son aquellos que se sacrifican para cuidar y proteger a sus hijos y darles todo lo que ellos no tuvieron. Éste mensaje está destinado a servir a los intereses de una sociedad de consumo, ya que individuos que nunca en su vida conocen el esfuerzo y la frustración no son personas felices sino todo lo contrario. Se convierten en individuos sin metas ni objetivos, porque no han tenido necesidad de desarrollarlos; dependientes de los que tienen alrededor, a los que maltratan y tiranizan para que cumplan sus deseos. Como no son capaces de ejercer un autocontrol y son impulsivos, se convierten en un blanco perfecto para el consumo desenfrenado, aquél que promete llenar el vacío de la persona a costa de tarjeta de crédito. Hay que evitar caer en el error de que el comportamiento del niño es “sólo una etapa” o “se le pasará, ya madurará”. Todo niño problemático, si no es tratado en su momento, se convierte en un adolescente déspota y fuera de control.

Aunque hay diferencias individuales y siempre hay temperamentos más tranquilos y otros más inquietos, el ser humano tiende a ser cómodo por naturaleza y a buscar la satisfacción inmediata. Si a un niño desde pequeño se le acostumbra a que puede tener todo lo que desea sin realizar nada a cambio le acostumbraremos a una visión distorsionada de la realidad, porque en el futuro no tendrá a nadie que satisfaga sus deseos de manera incondicional. Puede que al principio con el bebé que viene al mundo totalmente desvalido nuestra tarea sí se amolde a esa concepción de cuidado y protección continuados pero rápidamente, según el niño va desarrollándose y adquiriendo capacidades, nuestro papel cambia: ya no es proteger y cuidar al niño sino hacer que nuestro hijo adquiera los conocimientos y habilidades necesarios para cuidarse y protegerse a sí mismo. Así lograremos que en un futuro sea una persona autónoma y capaz, responsable de sus actos y con motivación para buscar la manera más adecuada de enfrentar los retos de la vida.

Por supuesto salir del papel impuesto por la sociedad y de las normas que se dictan desde ella sobre lo que es ser un buen padre no es fácil, ya que no cumplir con el ideal colectivo impuesto genera un gran sentimiento de culpa en los padres y esto les lleva a ceder ante las rabietas de los hijos o a acciones de sobrecompensación tras una disputa con ellos. Pero debemos tener presente que la idea de la familia feliz, en perfecto estado de armonía, que venden los medios no tiene nada que ver con la realidad. Lo normal es que cuando los padres ejercen su autoridad sobre los hijos para imponer las normas y limites necesarios para su desarrollo, los hijos se rebelen tratando de poner a prueba la firmeza de sus progenitores. Aquí lo que resulta difícil a muchos padres es dejarse “odiar” por ellos en esos momentos de rebeldía y no sentirse culpables por ello. Todos los niños pequeños tienen momentos de odio hacia sus padres cuando éstos no cumplen sus deseos o les obligan a hacer algo. Todos de pequeños hemos pasado por esos momentos y gracias a que nuestros padres no cedieron pudimos aprender a controlarlos. Si no recordamos estos momentos de odio es porque son puntuales y lo normal es que en la relación con los padres finalmente prevalezca el amor.

En próximos artículos reflexionaremos sobre este papel de los padres como guías de los hijos intentando resolver aquellas dudas que más preocupan a los padres.

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