Escuela de Padres II. La necesidad de los límites para conquistar la autonomía.

En el anterior artículo explorábamos cómo la sociedad no nos daba buenas pautas para hacer de nuestros hijos personas autónomas y con pensamiento propio. También hablábamos de lo difícil que es salir de estas pautas aceptadas socialmente sin sentirnos culpables.
Y es que hay ciertos “malestares” que se han normalizado, se consideran comunes y por lo tanto no nos planteamos que haya un problema frente a ellos. Por ejemplo ¿cuántas veces no acabamos agotados por batallar con nuestros hijos para que hagan los deberes? Esto genera un elevado nivel de estrés y ansiedad, tanto en padres como en hijos, y deteriora seriamente la relación entre ambas partes. Sin embargo, algo que provoca tanto malestar se asume como “normal” y son pocos los padres que buscan ayuda externa ante una situación como esta.
Todos nos percatamos del crecer físico de nuestros hijos y también del desarrollo de sus capacidades pero el desarrollo más importante del ser humano se encuentra en la esfera psicológica y este tipo de “crecimiento psicológico” es mucho más difícil de aprehender. Podríamos definir este crecer psicológico como un camino continúo de “desprendimientos”, tanto por parte de los padres como parte del niño. Desprendimientos que se irán haciendo en función de las habilidades que el niño va adquiriendo y que fomentan su autonomía.
El ejemplo paradigmático de desprendimiento lo tenemos en el parto, primera vez que el niño se desprende de su madre en una manera física. Aquí podemos observar las tres características de los desprendimientos: 1º ocurre en un determinado momento, 2º ese momento es cuando el niño tiene unas capacidades adquiridas y 3º siempre es doloroso. Los desprendimientos siempre generan ambivalencia en ambas partes, tanto en el niño como en los padres. En los niños porque enfrentarse a lo nuevo siempre genera angustia y reclaman entonces la protección de los padres, en los padres porque cada paso hacía la autonomía que dan sus hijos implica que les necesitan un poco menos. Ver crecer a los hijos es una de las experiencias más gratificantes, pero también más dolorosas.
A pesar de la ambivalencia, corresponde a los padres como adultos el imponer los límites necesarios para que los desprendimientos se realicen. Estos desprendimientos se dan continuamente en el día a día durante el desarrollo de nuestros hijos. Un ejemplo reconocible por todos sería la primera vez que dejamos a nuestro hijo en la escuela y éste se queda llorando. Por mucho que nos duela sabemos que debemos hacer ese desprendimiento con nuestro hijo por su bien. Pero hay otras muchas situaciones más simples y cotidianas de ocasiones en las que deben hacerse desprendimientos. Por ejemplo, no dejar que nuestros hijos desde pequeñitos se hagan responsables de recoger sus juguetes cuando han terminado de jugar y recogerlos en su lugar porque tardamos menos y no tenemos que pelearnos con ellos. O no dejarles a ellos desvestirse para el baño o vestirse por las mañanas porque lo hacen más despacio y lo hacemos nosotros por ellos para ir más rápido.
Sin duda cada niño tiene su propio ritmo e irá adquiriendo capacidades según su propio desarrollo. La tarea de los padres es ir viendo qué capacidades están adquiridas y estimularle para adquirir las siguientes en lo que llamamos  “zona de desarrollo potencial”, ese momento en el que el niño no es capaz de hacer una cosa pero le falta poco para lograrlo. Lo importante es que animemos a nuestros hijos a probar, elogiarles por sus logros y no recriminarles sus fallos para que puedan volver a intentarlo.

Por supuesto, ante una tarea nueva y que además no es de su agrado el niño va a intentar resistirse, volverse hacia los padres enrabietado para que éstos la hagan en su lugar o puede mostrarse pasivo permitiendo que los demás lo hagan por él. Es aquí cuando la firmeza de los padres es fundamental, no acceder ante los reclamos del menor. Aquí el verdadero bienestar se encuentra en que nuestro hijo aprenda a hacer las cosas por sí mismo, aunque eso conlleve una rabieta, no en satisfacerle para que deje de llorar. Cada vez que se cede, la próxima vez que intentemos corregir un comportamiento costará mucho más tiempo y esfuerzo.
Además, cada vez que no dejamos que nuestros hijos hagan una acción para la que están preparados mandamos un mensaje que dice “no confío en ti”, lo que hará que nuestro hijo tampoco confíe en sus posibilidades. El camino hacia la autonomía pasa por todos estos pequeños pasos en las tareas cotidianas, para que al fin cuando nuestro hijo tenga deberes en la escuela, que es una tarea compleja y que necesita de un nivel de autocontrol y responsabilidad considerables, sea lo suficientemente autónomo y tenga la suficiente confianza en sí mismo como para enfrentar la tarea por sí mismo o requiriendo nuestra ayuda sólo de forma ocasional.

En consulta vemos muchos niños con problemas de aprendizaje que no han hecho un recorrido previo de asunción de responsabilidades y de adquisición de habilidades antes de entrar en la escuela, por lo que es imposible que tengan las habilidades y la confianza suficiente como para realizar este aprendizaje.
Por supuesto, cuantas más cosas sean capaces de hacer nuestros hijos por sí mismos más descargados de trabajo estaremos nosotros. Cuando esto no ocurre y nos hacemos cargo de todo lo que debería ser responsabilidad de los menores entramos en un círculo vicioso muy peligroso. Al no haber límites los niños se portan mal, los castigamos y eso hace que nos sintamos culpables por lo que levantamos el castigo y de nuevo se repite el problema. Todo esto agravado por el cansancio que supone hacernos cargo de todas aquellas tareas que ya deberían ser responsabilidad del menor, por lo que estamos más irascibles y es más fácil caer en sus provocaciones y que se originen constantes discusiones.
En el próximo artículo hablaremos de las dificultades que surgen a la hora de poner límites ¿por qué nos cuesta tanto ser firmes con nuestros hijos? ¿cómo podemos superar estas dificultades?

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