Acarreando ladrillos

Una profesora mía siempre decía que la vida era un camino de continuos desprendimientos para referirse al hecho de que, desde el mismo momento en el que nacemos, debemos ir dejando atrás formas de satisfacción que nos servían para abrirnos paso en el mundo. El que no renuncia no crece, ganar autonomía siempre implica perder seguridad porque la responsabilidad de nuestras acciones al final sólo recaerá sobre nosotros mismos ya que papá y mamá no van a estar siempre ahí para salvar la situación. Este dilema nos acompaña el resto de nuestra vida, por ejemplo desde el momento en el que suena el despertador y nos planteamos si nos quedamos en la cama tan a gustito pero sin dinero o vamos a trabajar, cosa que no nos apetece nada pero que nos da de comer. La vida es una constante toma de decisiones y escoger una opción implica la renuncia de otra y eso siempre es como mínimo un fastidio. Aunque no nos demos cuenta, siempre tras una decisión dedicamos un tiempo, a veces tan ínfimo que pasa desapercibido, a pensar sobre lo que renunciamos y sentir esa pérdida.

Son estos pequeños desprendimientos o “duelitos” los que nos preparan para otros más grandes que vendrán en el transcurso de nuestra vida. Algunos de estos duelos son comunes y evolutivos, como el momento de ir al colegio por primera vez, una ruptura sentimental o que los hijos abandonen el hogar familiar. Son situaciones dolorosas, que pueden costar más o menos pero que todos pasamos por ellas y por esperarlas solemos estar más preparados para afrontarlas. Pero sin duda, el duelo más temido por todos es cuando debemos hacer frente al fallecimiento de un ser muy querido para nosotros.

Hay muchos factores que intervienen en la elaboración de un duelo tras el fallecimiento de alguien apreciado. No es lo mismo que la muerte fuera esperada como ocurre tras una larga enfermedad a que la pérdida sea inesperada como ocurre tras un accidente, situación que será más difícil de elaborar por pillarnos desprevenidos. Pero sobretodo debemos tener en cuenta que aunque el perder a alguien querido es una situación universal por la que todos en algún momento debemos pasar, no hay dos duelos iguales porque no hay dos personas iguales. Llorar la pérdida de alguien es algo tan íntimo y único como la experiencia de amarla. De hecho, sólo hacemos duelo por aquellas personas que de una manera u otra fueron significativas para nosotros.

Como dije, que el fallecimiento sea algo esperado en general ayuda a que éste pueda ser elaborado más fácilmente. Todos esperamos el fallecimiento de nuestros progenitores, es ley de vida y eso no lo hace menos doloroso pero si más asumible. Sin embargo, cuando la vida se salta las leyes y trastoca este orden llevándose primero a la progenie estamos hablando quizás del duelo más difícil de elaborar de todos. Nadie está preparado para la pérdida de un hijo, la situación es tan temible que cabe preguntarse si realmente hay posibilidad de elaborar un duelo por esa pérdida.

Muchas han sido las películas que se han atrevido a hacer un acercamiento a este tema, pero lograrlo con éxito sin caer en el sentimentalismo o en el exceso es un logro que pocas conocen. Desde mi punto de vista, una de las pocas películas que logran un acercamiento interesante al tema es ‘Rabbit Hole (2010)’ de John Cameron Mitchell. La película parte de una premisa que no tiene nada de novedosa, muestra como una pareja afronta la vida al perder a su pequeño tras ser atropellado. La protagonista indiscutible es Becca, la madre del niño interpretada por una Nicole Kidman que vuelve a hacer que la amemos a pesar de sus errores pasados. Gracias al seguimiento de Becca no sólo vemos cómo ella afronta la situación, sino como su pareja (Aaron Eckhart) y el resto de personas involucradas en el triste acontecimiento intentan seguir adelante, destacando especialmente el papel de Dianne Wiest como Nat, la madre de Becca. El acercamiento a los personajes y a su dolor es muy cuidado porque respeta su individualidad, mostrando que lo difícil es encontrar el consuelo que nos sirva a cada uno.

Poder encontrar este consuelo o manera de lidiar con el dolor es fundamental para no ser arrasados por el mismo. No debemos olvidar que el dolor psíquico es la última barrera frente a la desesperación y la locura. El dolor surge para llenar el vacío que aparece cuando constatamos la presencia de la ausencia de ese ser querido, cuando comprobamos repetidamente que efectivamente ya no está ahí. Por eso el momento más crítico no suele ser nada más producirse el fallecimiento, sino que es pasado un tiempo cuando esa ausencia se constata. No es raro que entonces se produzcan sueños recurrentes con la persona pérdida, incluso que alucinemos su voz o su presencia como un intento desesperado de nuestra mente por traerla de vuelta. Y es lógico que durante un tiempo nos aferremos a ese dolor desesperadamente porque mantiene vivo el recuerdo del ser amado, mientras sentimos su pérdida hacemos presente a quién ya no está. Permitirnos a nosotros mismos dejar atrás ese dolor sin vivirlo como una traición, sin sentirnos culpables por disfrutar de una vida a la que el otro ya no tiene acceso es el trabajo del duelo.

A pesar del trabajo del duelo, no todo el dolor puede ser elaborado, especialmente cuando la pérdida a la que hacemos frente es tan devastadora e injusta como el fallecimiento de un hijo. Siempre queda un resto o en palabras de Nat, la madre de nuestra protagonista, un “ladrillo” del que a veces puedes olvidarte pero que está ahí y cuyo peso siempre llevas contigo. Poder hacer soportable lo insoportable puede no parecer mucho, pero es lo que nos permite seguir adelante y poder disfrutar de las pequeñas cosas que la vida aún puede ofrecernos sin dejar de honrar el recuerdo de quién tanto nos marcó.

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