La Maldición de Hill House: Evitar ser responsables de nuestra vida.

Aviso para quienes no hayan visto la serie, el artículo contiene spoilers así que corre a ver la última sensación de Netflix si es que todavía no lo has hecho. ¿Ya?

Vamos a ello entonces. En ‘La Maldición de Hill House (2018)’, disponible en Netflix, tenemos una historia de miedo que de nuevo sirve de metáfora para los miedos inconscientes. En este caso el trauma que genera la enfermedad mental no sólo en quién la padece sino en todos aquellos que le acompañan.

Lo primero a decir de ‘La Maldición de Hill House’ es que es totalmente adictiva y con una gran calidad, siendo entretenimiento de alto nivel. En el plano psicológico tiene multitud de capas, podría (y lo he hecho) tirarme horas hablando de mil y un detalles y eso es porque todos y cada uno de los personajes están muy bien construidos y las dinámicas que se desarrollan entre ellos son acertadas y verosímiles. Se ha hablado por ejemplo de cómo cada uno de los hermanos representa una fase del duelo: Steven sería la negación, Shirley la ira, Theo la negociación, Luke depresión y Nell aceptación.

Concuerdo con esto y sólo añadir un apunte respecto a las fases del duelo: es común creer que la elaboración de un duelo es un proceso lineal donde vamos pasando por cada una de las fases en orden y la realidad es más como la serie y sus personajes, las fases se superponen unas con otras, puedes sentir varias cosas a la vez, avanzar y retroceder constantemente. Más que una línea, podemos pensar en el duelo como una espiral que da vueltas, pero en cada vuelta algo nuevo queda elaborado. Tras varias vueltas caóticas pueden pasar dos cosas: el duelo se resuelve y seguimos adelante con nuestra vida (lo que no significa que no quede un recuerdo doloroso) o se queda enquistado en alguna de estas fases.

Me gusta mucho como se plantea el paralelismo entre enfermedad mental y lo sobrenatural, porque es verdad que cuando una persona tiene un trastorno mental grave la sensación que da es que vive en un mundo absolutamente incomprensible que no se rige por las normas del nuestro. Ese mundo es caótico, impredecible y amenazante haciendo que el enfermo reaccione protegiéndose o defendiendo a sus seres queridos. Y aquí entra la ambivalencia que sienten las familias con sus seres queridos que sufren un trastorno mental: se sienten paralizados porque no ven que los actos surjan de la maldad sino de un sufrimiento muy grande, por eso sienten pena y empatía siendo incapaces muchas veces de poner los límites necesarios.

Vemos a 5 hermanos, todos marcados por el trauma infantil de una madre loca y un padre que no se sabe qué hizo con ella, y cada uno expresa el dolor y se defiende del mismo como puede: Steven convierte el trauma en un relato de ficción, Shirley es perfeccionista y obsesiva, Theo pasa de hacerse cargo de los demás a rehuir todo contacto, Luke genera una adicción para evadirse y Nell expresa la angustia a través de alucinaciones persecutorias. A pesar de las diferentes maneras de expresar y defenderse de la angustia, hay una dinámica de fondo familiar que es común: todos tienen secretos y conflictos en su vida, pero parecen más interesados en meterse en los líos de los demás, juzgar a sus hermanos, pelearse entre ellos, ayudarse… que en hacer frente a lo que ocurre en sus vidas que es lo único que realmente pueden controlar pero que a la vez les da miedo.

Y he aquí el quid de la cuestión y lo que marca la dinámica de esta familia y de tantas otras: siempre es más fácil hacerse cargo de los problemas ajenos que de los propios, y de manera inconsciente utilizamos esta “falsa bondad” para escondernos de nosotros mismos. Perdemos de vista algo muy importante: que poner límites y dejar de centrarnos en los demás para resolver lo nuestro es ser responsables de nuestra vida, y con nuestro ejemplo enseñamos a nuestros seres queridos a que hagan lo mismo por ellos. No se trata de no ayudar nunca al otro, se trata de cuidarnos y ayudar al otro en la forma en la que realmente lo necesita y no como quiere.

Como ejemplo, hay una escena entre Luke y Nell muy evidente de cómo a veces con la mejor intención metemos la pata. Luke pide a Nell que sea ella quién le compre la droga porque le debe dinero a un camello. En ese momento Luke está hecho polvo, sufre de verdad por la abstinencia y también por todo lo que hay detrás que intenta enterrar con la droga. Nell se siente muy incómoda con el pedido de su hermano, ella también está sufriendo lo suyo pero termina accediendo. Este gesto no ayuda a ninguno de los dos hermanos, puede que a corto plazo calme su malestar pero a largo plazo es generar y enquistar una dinámica que esclaviza a ambos.

El final de la serie ha sido quizás lo más polémico, pero es muy interesante al margen de si ha gustado o no. Han decidido dar un final optimista a pesar de la pérdida de la hermana menor y es interesante analizar cómo se consigue el giro del drama a la esperanza. El cambio se produce cuando los hermanos dejan de pelear entre ellos y cada uno enfrenta sus problemas y sus demonios, se apoyan pero no intervienen. Crecen, se hacen responsables de su malestar sin ocultarlo ni negarlo y se exponen con las consecuencias que eso conlleve. Sólo así pueden avanzar.

La alternativa, o quedarse encerrado en el cuarto rojo, es evitar el sufrimiento a costa de quedarse paralizado en un bucle sin fin. No salir de la casa, como su madre quería, es evitar el dolor del mundo, pero también perderse la satisfacción de saberse capaz de avanzar, de vivir, de amar. No hay ganancia sin pérdida, y quién se pone excusas para no arriesgar nunca, al final acaba perdiéndolo todo. Todos tenemos nuestros cuartos rojos: puede ser la adicción al móvil, a drogas, a videojuegos, quedarnos en un trabajo mortificante o con una pareja que no amamos… al otro lado está enfrentar el miedo y avanzar.

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