La sexualidad deserotizada

En un mundo donde según las encuestas uno de cada cinco niños sufre abusos sexuales, no podemos dejar de preguntarnos cuáles son las consecuencias a largo plazo de un hecho tan traumático a tan temprana edad. Las circunstancias varían enormemente de una persona a otra y cada caso es único, pero si hay algo que influya en que el devenir futuro de esa persona abusada sea mejor o peor es que haya podido hablar y afrontar lo que ocurrió o si por el contrario ese trauma quedó enterrado, silenciado o “encapsulado”. Para meditar sobre las terribles consecuencias que una situación como ésta puede acarrear a una persona adulta proponemos el visionado de la película “Shame” (2011) de Steve McQueen.
El protagonista de la película es Brandon, interpretado por el guapísimo Michael Fassbender, un individuo que aparentemente tiene una vida ordenada y exitosa pero que en realidad es víctima de su adicción al sexo. La película no habla de un personaje que desciende a los infiernos, sino de alguien que ya está allí cómodamente instalado por ser víctima de sus síntomas pero que, por decirlo de alguna manera, ha llegado a un pacto con el diablo para mantener un control aparente: la disociación absoluta entre la sexualidad y el amor, la ternura e incluso el placer. Porque no es que Brandon sea un gigoló o un Casanova que disfrute del arte de la seducción y la conquista, sino que para él el acto sexual es una necesidad tan imperiosa como respirar, un acto mecánico y compulsivo cuyo único fin es la descarga de tensión y para ello cualquier objeto le sirve: una mujer es intercambiable por otra, por un hombre, una película pornográfica o su mano. No hay fantasía, ni erotismo ni placer en este acto sexual porque para que se den estos requisitos el otro debe ser visto como un sujeto, pero Brandon no es capaz de llevar a cabo semejante operación sin sentirse terriblemente amenazado en su ser. Vive sin saberlo en un estado permanente de angustia desbordada a la cuál sólo consigue dar salida a través de su compulsión.
Todo este precario equilibrio se verá removido cuando su hermana Sissy, una estupenda Carey Mulligan, venga a visitarle tras sufrir un fracaso amoroso. Vemos un personaje cuya fragilidad y vulnerabilidad está a flor de piel en contraposición con su estoico hermano. Sissy no ha pactado nada porque no es consciente de lo que la ocurre, vive luchando por mantenerse a flote pero ni siquiera sabe qué es lo que la hunde. Su sexualidad igual que la de su hermano está afectada pero en una forma distinta, se ofrece sexualmente al primero que pasa no porque busque una noche de pasión, sino porque piensa que el sexo es lo único que puede ofrecer para que un hombre se interese por ella y la dé algunas migajas de ternura, así de vacía se siente.
La llegada de Sissy hará visible la confusión que reina en el psiquismo de ambos hermanos, donde los vínculos eróticos y los vínculos tiernos están insuficientemente diferenciados, y los efectos de esta confusión se hacen patentes en la forma de vida de ambos protagonistas que les impide alcanzar la felicidad. En ningún momento se nos dice que les ha pasado a estos personajes, sólo la lacónica frase de Sissy “no somos malas personas, sólo venimos de un mal lugar” hace pensar en algo traumático acontecido durante la infancia donde lo sexual se puso en el lugar de la ternura y el amor. Estos hermanos están abocados a sufrir la vergüenza de la que probablemente sus progenitores carecieron.
Lo peor es que ambos están tan marcados que son incapaces de pensarlo, de hablarlo, de sacar a la luz lo que está escondido. Y cuando un trauma está encapsulado, no importa el tiempo que pase, sus efectos en la forma de síntomas tendrán tanta fuerza como el primer día con consecuencias devastadoras para aquellos que los padecen que se verán abocados en el mejor de los casos a pactar para no hundirse, pero nunca serán realmente libres para conducir las riendas de su vida a la felicidad.

Artículo para www.domingodecine.es

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