Madres, hijas y feminidad

Que la maternidad es uno de los mayores retos en la vida de cualquier mujer es una afirmación fuera de toda duda y sobre la que ya di una visión de esta dificultad en mi anterior artículo. En esta ocasión continuaré con el tema de la maternidad para ir un paso más allá de los vínculos, haciendo referencia al deseo mismo de la madre y sus consecuencias. Porque no es lo mismo desear tener un hijo que desear ser madre.

Cuando se desea tener un hijo lo que se busca es la experiencia de acompañar y guiar a nuestro pequeño hasta que logre ser un sujeto autónomo capaz de tomar sus decisiones. Por el contrario, la fantasía que se esconde tras el deseo de ser madre es que el hijo viene a “completarme”, a darme “algo que me falta” y que me hará sentir feliz y plena. Aquí no estamos dando un espacio a nuestro hijo para que se convierta en un sujeto independiente, sino que más bien se trata de una extensión de nosotros mismos cuya finalidad es satisfacernos. Ambos deseos suelen mezclarse y confundirse en la vida cotidiana pero no es lo mismo, marcan posiciones subjetivas diferentes en esa mujer que va a ser madre y va a determinar desarrollos psicológicos diferentes en el niño que está por venir.

La cosa se complica aún más cuando hacemos intervenir otra variable: la del sexo del bebé. Y es que no es lo mismo tener un hijo que tener una hija y cualquier madre que haya pasado por ambas experiencias podrá corroborarlo. El hecho de tener una hija hace que la madre se identifique más con ella por tener el mismo sexo, lo que por un lado puede ser positivo porque puede ayudar a crear un vínculo más fuerte y sólido entre las dos siempre que la madre tenga claro que ambas ocupan lugares separados. Cuando esta separación no se da, se produce una confusión entre madre e hija que hace “estragos” en el psiquismo de la menor, es decir, que parte de su identidad no se puede desarrollar porque está supeditada a lo que quiere la madre.

Suele suceder que una de las formas más habituales de manifestarse este estrago materno es cuando la feminidad, “el ser mujer” está en juego. Muchas mujeres buscan apuntalar su identidad y sentirse cómodas con su sexualidad a través de la maternidad. Son mujeres que cuando logran ser madres se vuelcan en esta tarea descuidando otras facetas de su “ser mujer”, especialmente aquella que tiene que ver con el deseo y la relación con el partenaire sexual. La relación entre madre e hija entonces se desarrollará en una aparente normalidad mientras la hija sea o se comporte como una niña pequeña. En el momento en el que esa hija quiera saber algo de la sexualidad, del deseo, de ese “ser mujer” más allá del ser hija o madre, la progenitora en conflicto con su propia sexualidad no soportará que su hija indague en estas cuestiones y buscará sofocar esas demandas a través de diferentes mecanismos como el control, el reproche, la demanda, el victimismo… La relación entre ambas se verá enturbiada por las constantes peleas, el reproche mutuo y en los casos más graves, toda una serie de síntomas psicológicos sobretodo del lado de la hija que tomaran un matiz más o menos mortífero.

Un ejemplo de este estrago materno llevado hasta sus últimas consecuencias lo podemos observar a través de la maravillosa película “El cisne negro” (2010) de Darren Aronofsky, director que en mi opinión sabe indagar en el psiquismo de los personajes a pesar de que en ocasiones se le pueda acusar de efectista. Esta película se sustenta en la genial interpretación de Natalie Portman como la dulce y perfeccionista Nina, una bailarina profesional que aspira al papel de reina de los cisnes. Nina vive por y para el ballet, adaptada como un guante al ideal de la madre (Barbara Hershey) con la que vive y que fue bailarina antes que ella. Ambas viven la una para la otra, nuestra Nina va de casa a los ensayos y de los ensayos a casa con mamá. Nada ni nadie se interpone en esta relación sin barreras ni físicas ni psicológicas, hasta que Nina logra su anhelo: conseguir el papel protagonista. El problema surge porque el papel a interpretar tiene dos caras. Como cisne blanco Nina encajará perfectamente ya que éste representa la hermosura, la perfección y la inocencia en su estado más puro, pero el cisne negro representa el deseo, la sexualidad, ese “dejarse llevar” ligado al goce femenino y del cual Nina todo desconoce porque ni siquiera le han dado la oportunidad de preguntarse por ello.

Ante la demanda del hombre, encarnado aquí por el director del ballet (Vicent Cassel), Nina se interrogará sin saberlo sobre la esencia de la feminidad, del “ser mujer” encarnado en el cisne negro. Buscará e indagará que es eso que su director desea que le muestre en el cisne negro, y lo hará de la única manera que le es accesible, fijándose en las mujeres que tiene a su alrededor. La ruptura entre madre e hija será inevitable ya desde el mismo momento en el que Nina obtiene el papel sobrepasando los logros de la madre, pero que además se comience a cuestionar sobre su propio “ser mujer” provocará un desencuentro en el cuál por primera vez Nina vivirá el intrusismo de su madre de forma persecutoria.

Ante la decepción de la madre, Nina buscará otros referentes. Lo intentará con Beth, la que fue su predecesora (Winona Ryder), intentando apoderarse de lo que ella cree que son “sus semblantes femeninos”, pero no es suficiente. Pasará a fijarse en Lily (Mila Kunis) una aspirante que destaca por su estilo espontáneo y pasional que contrasta fuertemente con el perfeccionismo sobrio de Nina. Siguiendo la mirada del director del ballet, Nina primero se verá amenazada y luego intrigada por esta compañera que parece conocer ese secreto relacionado con lo que los hombres desean y el cisne negro posee.

Todos estos virajes serán hechos por Nina a su manera, ya que su psiquismo no ha alcanzado el suficiente desarrollo ni identidad propia como para soportar esta búsqueda de la feminidad sin fragmentarse. Cuando no se tiene suficiente “ser” propio, cualquier acercamiento a los otros estará del lado de la confusión, de la simbiosis, aunque ese “otro” sea un personaje a interpretar. A nuestra Nina no le queda opción: o se es el cisne negro o no se es.

Artículo para www.domingodecine.es

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