Un Lugar Tranquilo: Evitando Hablar del Dolor

Un lugar tranquilo: evitando hablar del dolor

Por Cristina Penín

Que vaya por delante que para entrar de lleno en la película que nos ocupa hay que crear un “lugar tranquilo” como su propio nombre indica. Lo mejor, verla en el cine sin palomitas y chismosos alrededor. Si se perdió la oportunidad o preferís no arriesgar con el público, mejor en casa pero procurad no hablar, ni distraeros comiendo, con el móvil o con cualquier otra cosa. Y haced un ejercicio de fe bastante grande con la premisa porque la coherencia se pierde constantemente. Personalmente no encontré que eso lastrara la experiencia pero entiendo que hay gente que no enganche con la película por esa razón.

Si digo todo lo anterior es porque ‘Un lugar tranquilo (2018)’ de John Krasinski parte de la idea de un mundo post-apocaliptico donde una familia lucha por sobrevivir. El motivo de la destrucción proviene de unas criaturas feroces de las cuáles sabemos que tienen un oído extremadamente potente aunque, como he señalado antes, a lo largo de la película el umbral del sonido que las alerta varia de un momento a otro de la película. Si obvias ese detalle y te dejas llevar, la película tiene momentos soberbios, logra mantenerte en tensión constante y se pasa en un suspiro con un final que te deja con ganas de más.

John Krasinski y Emily Blunt (quienes son pareja en la vida real), hacen un trabajo estupendo como unos padres que intentan a toda costa proteger a su familia y dar un halo de normalidad a un mundo que claramente no lo es. Si ya de por sí es malo vivir en un mundo destruido bajo la amenaza de tan horribles criaturas, la familia además tendrá que lidiar con sus propias pérdidas personales y con la dificultad de comunicación que hay entre sus miembros.

Toda la trama de la obra gira en torno a esta última idea, la dificultad de comunicación y sus consecuencias. Es una metáfora de qué ocurre cuando lo doloroso, lo difícil y traumático queda no-dicho y los efectos que tiene para las personas que viven en ese vacío de palabras. De manera inteligente se muestran varias dificultades en la comunicación que se superponen constantemente: primera la ambiental por los bichos que acechan, segundo la fisiológica porque la hija está sorda y necesita de la ayuda de un audífono para poder escuchar, y tercera y más importante la emocional o cuando se evita hablar de las cosas directamente porque las asusta la reacción que provocaría.

Muchas veces no contamos las cosas por no preocupar al otro, por protegerlo, que no se angustie… creemos que lo que vivimos es tan grave que no sólo nos va a destruir a nosotros, también a la gente que nos quiere. En no pocas ocasiones he visto pacientes más preocupados por cómo iban a dar una mala noticia que por la noticia en sí misma. Y en todos los casos cuando han podido compartir la noticia y la reacción del otro ha sido de escucha empática, es decir acompañando pero sin hacer tuyo el dolor del otro porque eso no le va a servir, el alivio es enorme. Por el contrario, si los temores se confirman y las palabras van seguidas de una reacción emocional desmedida, se bloquea aún más la capacidad de expresión provocando que otros síntomas se agraven.

En no pocas ocasiones, y eso también lo refleja la película, los más jóvenes al tener menos inhibiciones son los que expresan el conflicto de una familia entera pero como intuyen que hablar de ello no está permitido, es su conducta la que cambia para transmitir un mensaje que necesita ser escuchado. Muchos de los problemas de conducta presentes en niños y adolescentes tienen su origen en aquellos problemas que los adultos evitan hablar. Este fenómeno es muy habitual en familias narcisistas dónde lo importante es la imagen que se transmite a los demás y no la realidad que se vive en el interior.

Por este motivo siempre se recomienda hablar y contar las cosas a los más pequeños, incluso aquellas que son dolorosas, siempre adaptadas a la edad y capacidad que tenga el niño. Se les guía intentando nombrar aquellas emociones que están sintiendo y no se les oculta las nuestras, evitando eso sí desbordar emocionalmente con ellos. Para evitar el desborde emocional el adulto debe haber hecho un trabajo previo, a menudo porque ha hablado y compartido la situación y sus emociones con otra persona. Este trabajo emocional no parece haberse hecho en nuestra pareja protagonista, quienes intentan tapar la pérdida con una decisión que pone en riesgo a toda la familia dadas las circunstancias en las que viven. Desde esa posición de negación, no pueden acompañar a sus hijos (especialmente la hija) en el trabajo del duelo por lo que quedan desamparados emocionalmente.

Acabar con las criaturas en la película vendría a ser como acabar con todos esos miedos y excusas que nos ponemos constantemente para evitar tener esas conversaciones pendientes, cuanto más se las evitan más presentes se hacen y más ansiedad generan. Puedes tratar de evitarlos, ignorarlos e incluso convivir con ellos, pero al final sólo enfrentándolos puedes eliminarlos. La madurez de una persona puede medirse por la inteligencia emocional que tiene, es decir, la habilidad de reconocer emociones en uno mismo y en los demás y ser capaz de gestionarlas de manera efectiva a través del diálogo.

A veces caemos en una falsa “madurez”, cuando confundimos el no contar nuestras “penas”, llevarlo todo por dentro y gestionar las cosas sólo sin pedir ayuda con ser adulto. Los adultos sienten, hablan de sus emociones y se preocupan por las emociones de los demás, son conscientes de sus límites y piden ayuda cuando la necesitan y esperan que los demás les hagan saber sus necesidades sin adelantarse. La sociedad individualista en la que vivimos fomenta este tipo de comportamiento, provocando que los vínculos sean difíciles incluso en las familias, por ello es importante trabajar nuestra inteligencia emocional para hacer frente a las dificultades que todos vivimos apoyándonos unos a otros en el día a día.

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